martes, 3 de noviembre de 2015

Una profesión peligrosa

Puede sonar a afirmación corporativista, pero el periodismo resulta esencial para el buen funcionamiento de cualquier sociedad democrática. No hay salud cívica e institucional allí donde no existe una prensa libre, comprometida y potente. El de periodista es un oficio que exige reinventarse cada día, dar la cara ante las injusticias, denunciar cualquier tipo de arbitrariedad que emane de los poderes públicos. Ser testigo de cargo frente a todo ello conlleva múltiples dificultades, incomodidades y problemas. Pero solo la fidelidad a la deontología profesional garantiza que el periodismo siga siendo útil, solo las buenas prácticas prestigian una profesión esencial para el progreso social.
El buen periodismo resulta molesto para quienes obran con el oscurantismo por bandera. Es por eso que muchos informadores son literalmente eliminados en muchos países del mundo, en la creencia de que nadie suplirá la desaparición física de los mismos. La ONU ha cifrado en más de 700 los profesionales asesinados desde el año 2005. Y lo ha hecho coincidiendo con la conmemoración del Día Mundial contra la Impunidad de los Crímenes contra Periodistas. Esta cifra no incluye a muchos que son vejados a diario mediante ataques no mortales, incluidas torturas, desapariciones forzosas, detenciones arbitrarias, intimidaciones y acoso, tanto en situaciones de conflicto como en ausencia del mismo. Por si fuera poco, solo uno de cada diez casos de violencia contra trabajadores de medios de comunicación ha conllevado una condena en la última década.
Según la Federación Internacional de Periodistas, en 2014 murieron un total de 118 profesionales en el ejercicio de su labor. Entre los casos más terribles se encuentran el del bloguero bangladeshí Ajivit Roy, asesinado a machetazos, o el del periodista Nazim Babaoglu, desaparecido hace 20 años en Turquía y cuyo caso es cada vez más difícil de resolver. México es otro de los países más peligrosos del mundo para llevar a la práctica la libertad de información. El 2 de enero de este mismo año, Moisés Sánchez Crespo, editor del pequeño semanario comunitario 'La Unión' en Medellín Bravo (Veracruz) recibió en su domicilio la visita de nueve encapuchados, que le sacaron de la cama, delante de su esposa e hijos. Tras ser despojado de su ordenador, cámara y móvil, se lo llevaron y le cortaron el cuello. La orden de asesinarlo fue dada, supuestamente, por el jefe de la policía local.
Estas situaciones no son tan singulares como pudiera parecer. Reflejan con fidelidad el contexto en el que se mueven muchísimos periodistas en diversas partes del mundo. Son carne de cañón donde el Estado de Derecho brilla por su ausencia y es sustituido por contrapoderes ilegítimos. Muchos países latinoamericanos, africanos o asiáticos son escenario de todo tipo de arbitrariedades contra los periodistas locales, con el único objetivo de acallarlos mediante las amenazas e, incluso, el asesinato.
Es importante ser plenamente conscientes de lo que la prensa libre aporta a nuestras sociedades. Sin ir más lejos, el esclarecimiento de muchos presuntos casos de corrupción se está abriendo camino gracias a las denuncias documentadas dadas a conocer por diversos medios en el Estado. Sin ese ejercicio de transparencia y control se resiente la calidad democrática de cualquier país. Por eso la ciudadanía debe implicarse cada día en la defensa de la labor periodística frente a todo tipo de desmanes.

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