viernes, 21 de agosto de 2015

Suma de dramas

En base a múltiples indicadores referentes al bienestar global, posiblemente sea cierta esa afirmación de que el mundo nunca ha estado mejor que ahora. Eso no significa que de pronto se haya convertido en una arcadia feliz. Continúa siendo un lugar inhóspito y agresivo para cientos de millones de seres humanos cuyo único objetivo es la supervivencia diaria. La creciente dualidad en la que está sumido el planeta no se produce ya en términos de lejanía ni de desconocimiento mutuo. La globalización ha funcionado en las dos direcciones, poniendo frente a frente las diversas realidades: conocemos casi de primera mano la tremenda situación de todos esos desheredados y, a su vez, ellos saben que existe un primer mundo, que con todas sus carencias, se les antoja una especie de paraíso que quieren alcanzar a toda costa.
Son múltiples los conflictos que siguen activos en los cuatro puntos cardinales, aunque sólo algunos salten a las primeras planas. Varios están enquistados y no tienen visos de solución, como el afgano o el iraquí, por ejemplo. El caso sirio es particularmente atroz, ya que el país se sigue desangrando de forma implacable ante la pasividad de la comunidad internacional en un contexto que no hace sino agravarse. Todo ello ha generado una auténtica riada humana de familias enteras cuyo único afán es huir de la guerra, de la violencia y de la muerte. En ese intento desesperado por seguir vivos, tocan a las puertas de Europa, y se encuentran con innumerables dificultades para poder asentarse, aunque sea de forma provisional. Ayer mismo trascendió que Macedonia ha dejado entrar a cientos de migrantes pocas horas después de que la policía de ese país empleara gases lacrimógenos para dispersar a las miles de personas agolpadas en su frontera con Grecia. El país heleno es también zona obligada de tránsito y a su depauperada situación económica hay que añadirle ahora la crisis humanitaria que se está produciendo.
Estos problemas tan complejos no se resuelven a golpe de declaraciones ni grandes proclamas, ya que requieren de políticas bien definidas y coordinadas tanto en los lugares de origen de los migrantes como sobre todo en los puntos de asentamiento. Lo mismo ocurre con quienes cruzan el Mediterráneo desde África para huir de todo tipo de dramas. En vez de eso existe una sensación generalizada de improvisación en lo que respecta a la acogida y de desidia a la hora de contribuir a afrontar los problemas que producen estos auténticos éxodos. Las políticas de inmigración van a ser claves a la hora de definir el futuro político, económico, social y demográfico de Europa. Los avisperos de los que huyen cientos de miles de personas han sido agitados en demasiadas ocasiones por potencias occidentales, y ahora no es posible responder a sus consecuencias desde el ámbito del orden público. Los principios más básicos del respeto a los derechos humanos y del apoyo a los más desfavorecidos deben quedar recogidos en una agenda única europea que afronte estos problemas desde múltiples ópticas. Pero, por desgracia, estamos aún muy lejos de eso.


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