jueves, 27 de agosto de 2015

Mujeres en peligro

Contabilizar los ataques sexistas que se han producido este verano en diferentes puntos de Euskadi resultaría prolijo, por la cantidad de los mismos. Es bien dramático tener que estar a estas alturas del siglo XXI reivindicando algo tan básico como la libertad de las mujeres y su plena igualdad con los hombres. Pero la necesidad es evidente, porque siguen siendo muchísimas las que sufren agresiones sexuales por parte de desconocidos o la violencia más abyecta en el ámbito de la pareja. A pesar de los múltiples llamamientos realizados contra este tipo de actuaciones a lo largo de los meses precedentes y de la movilización social que los ha acompañado, no ha habido tregua para muchas chicas que sólo pretenden pasar unas jornadas festivas divertidas y despreocupadas o para aquellas mujeres que tienen que enfrentarse a relaciones tóxicas por culpa de quienes en el ámbito conyugal les hacen la vida imposible, las maltratan e incluso las asesinan.
La última agresión se ha producido en la Aste Nagusia de Bilbao. Dos individuos arrinconaron a una mujer durante la madrugada del miércoles en un portal del Casco Viejo, y la sometieron a tocamientos. La víctima hizo frente a sus agresores, logrando que los delincuentes se dieran a la fuga. Cientos de personas se han concentrado en el Arenal para mostrar su repulsa por lo sucedido y con el ánimo de solidarizarse con la víctima.
La violencia contra las mujeres no es algo puntual, que se produzca en momentos concretos. Es un gravísimo problema estructural en una sociedad que conserva potentes tics machistas, a pesar de los avances que se han producido en las últimas décadas. Los datos sobre el comportamiento de muchos chicos jóvenes y su sentimiento de posesión hacia la mujer revelan lo lejos que estamos de erradicar esta lacra vergonzosa. El ámbito educativo es esencial para ir atajando los padecimientos de la mujer, para ir avanzando en una igualdad efectiva, en el escrupuloso respeto de su libertad personal. Pero hay que ir mucho más allá, con políticas firmes y transversales, con programas permanentes de concienciación, con una justicia mucho más ágil y con mayores reflejos, con la erradicación de los modelos sociales que convierten a la mujer en mero objeto, siempre a la sombra del hombre, con la equiparación salarial y la promoción equitativa en puestos de responsabilidad a todos los niveles.
Pequeños gestos y actitudes en apariencia inofensivas delatan graves problemas a veces. Como cuando se ve que grupos de chicos manosean impunemente a chicas en fiestas, cuando el patético rol de macho dominante adopta sus peores formas, cuando se fijan posiciones paternalistas frente al sexo femenino. Construir una sociedad de iguales, en la que las agresiones sexuales o cualquier maltrato hacia la mujer sea cosa de un triste pasado, es algo que atañe al conjunto de la ciudadanía. Desde la tolerancia cero hacia los agresores de todo tipo y condición y un conjunto de políticas educativas, preventivas y de concienciación se podrá ir avanzando hacia esa meta. Cada agresión es un fracaso de todos. Y ya llevamos demasiados a nuestras espaldas.


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