sábado, 4 de julio de 2015

La hora de la verdad

Ni los expertos versados en las más variadas materias se atreven a pronosticar que ocurrirá en Grecia a partir del referéndum de mañana. Por lógica, una victoria del sí debería provocar una crisis política interna de gran magnitud, ya que evidenciaría un creciente divorcio entre un gobierno casi recién elegido y la mayoría de la sociedad. El primer ministro Tsipras y el ministro de Asuntos Exteriores Varufakis han ligado tímidamente su suerte al dictamen de las urnas aunque, con tanto vuelco verbal e incluso anímico, tampoco cabe descartar que se desdigan el lunes y continúen al frente del país sacando nuevos conejos de la chistera. Una eventual mayoría del no tampoco despeja el horizonte. Aunque algunos dirigentes europeos de primer nivel como Angela Merkel, y en ese ranking nadie está por delante de ella, hayan reforzado la idea de que en esa tesitura la República Helénica se vería abocada a un abrupto abandono de la zona euro, bien podría darse el caso de que prosiguieran las negociaciones y se aflojara la correa que ahoga sin remedio al país mediterráneo.
Aunque ni los gobiernos, ni los mercados, ni los expertos parecen tenerlo del todo claro, la opinión pública se halla dividida al son de proclamas grandilocuentes lanzadas en las más variadas direcciones. En función de la cercanía político-ideológica con los gobernantes de aquí y de allá, algunos se atreven a anunciar todo tipo de calamidades en función de qué opción venza mañana. Los matices parecen molestos por muy complejo que sea el problema y la simplificación de los hechos ayuda a alimentar las audiencias. Vivimos en una sociedad crecientemente dual, también en lo que a las opiniones respecta. Quien ose enfatizar argumentos que no son de trinchera es visto como sospechoso por unos y por otros, como si el complicado problema griego se solucionara a machamartillo, haciéndolo encajar en posicionamientos previos y prejuiciosos.
Que sucesivos gobiernos de aquel país falsearon repetidamente sus cuentas públicas para lograr entrar en el euro engañando a las autoridades europeas es una evidencia. Como lo es también que, a pesar de sus actuales circunstancias dramáticas, sigue siendo uno de los miembros de la Unión que más partidas destina a gastos de defensa. Concretamente, en el año en curso, Grecia gastará 3.305 millones de euros en estos menesteres, un 1,8% del PIB, cuando el de Alemania supone el 1,1%. Los mayores vendedores de armas al país son Estados Unidos, la propia Alemania, Francia y Holanda. Esa lista permite hacer, como es evidente, lecturas especialmente maquiavélicas. Llegados a este punto, todo lo anterior no debe ser obstáculo para pedir un acuerdo realista acerca de la deuda helena, que se ajuste a su actual situación y que permita, más pronto que tarde, el establecimiento de un sistema económico eficiente, transparente y sostenible. Triste sería tener que quedar al albur de los caprichos de la diosa Tiqué, cuando hay políticos que debieran plantar cara al problema para hallar una salida ponderada que permita, además, reforzar un proyecto europeo cada vez más elitista y menos social.

 

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