martes, 28 de julio de 2015

Atrapados en la red

El avance de las nuevas tecnologías es imparable. La era analógica quedó atrás, con sus muchas reliquias, y todo lo que no pasa por la red parece anticuado o, simplemente, inexistente. Quienes han vivido entre ambas etapas conocen bien las bondades de una relación mucho más relajada con la tecnología y centrada en las personas. Pero nadie puede frenar el progreso, el avance tecnológico, y no queda más remedio que mantener el paso para no quedar en el pelotón de los torpes, de los nuevos analfabetos del siglo XXI. Internet es un ámbito de oportunidades, de formación, pero también de peligros e incertidumbres. Por eso es tan importante conocerlo, dominarlo, utilizarlo para provecho propio, y no dejarse llevar por la bruma, adentrándonos en un terreno inhóspito y hostil sin brújula.
Son muchos los padres que desconocen en qué andan sus hijos, que apenas saben nada de las nuevas formas en que se relacionan con su entorno más o menos próximo o con quienes ni siquiera han visto nunca en persona. Las redes sociales juegan un papel fundamental como novedosas vías para interactuar, como instrumento para acercar a quienes están lejos aunque puedan alejar a quienes uno más cerca tiene. La dependencia que muchos menores de 35 años muestran hacia diversas aplicaciones como WhatsApp es paradigmática y refleja con toda crudeza en qué punto nos encontramos. Pero no es la única: Instagram, Facebook, Twitter, Tumblr, Flickr, Periscope, Snapchat, Foursquare, Tuenti o Skype le siguen en una lista cada vez más interminable.
Según datos recientes, el 70% de los usuarios padecen cada vez que se ven privados del uso del principal servicio de mensajería. Quienes no disfrutan de un plan de datos, buscan con ansia un punto wifi para dar rienda suelta a su necesidad de comunicarse, aunque casi siempre sea para intercambiar frases vacías y sin contenido imprescindible real. Salir de casa sin el móvil se ha convertido en toda una aventura que produce ansiedad a siete de cada diez usuarios, casi idéntico porcentaje al de quienes soportan con dificultad la falta de respuesta inmediata o definitiva a sus mensajes o al de aquellos que se ven afectados en sus estudios ante tanta interferencia tecnológica.
Aunque haya muchos niños que hacen uso de los móviles con anterioridad, es a partir de los once años cuando su uso se generaliza. Resulta difícil establecer una edad ideal para dar esos primeros pasos, aunque parece prematuro que sea antes de los 12 años aproximadamente. Un teléfono no es un aparato cualquiera, y menos aún si es inteligente y con sus múltiples capacidades en red plenamente operativas. Por eso es tan importante que los padres hagan un esfuerzo por reciclarse y ponerse el día, no sólo para ejercer el pertinente control sino, sobre todo, para aconsejar debidamente a sus hijos. La tecnología debe ser fuente de conocimiento, de utilidad, de acercamiento, pero hay que saber darle el uso adecuado para que no termine siendo un problema, un sobresalto, un disgusto. No se puede hacer dejación en este asunto, ni se puede alegar ignorancia. En el término medio está la virtud, como casi siempre.

    

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