domingo, 14 de junio de 2015

Drama griego

La reciente historia de las relaciones entre la Unión Europea y Grecia se parece cada vez más a un sainete, si no fuera por las potencialmente gravísimas consecuencias que pueden derivarse de una ruptura entre ambas partes que desemboque en la salida del euro por parte de la República Helénica. La llegada al poder de Syriza de la mano del actual primer ministro Tsipras ha ido tensando las negociaciones hasta un punto que por momentos parece de no retorno, aunque es cierto que la situación tiene también su buena dosis de escenificación ya que ninguna de las partes está interesada por ahora en un alejamiento definitivo. La fase final de la ronda actual de negociaciones parece abocada a no poder resolverse de forma positiva hasta el último segundo, ya que Grecia y los acreedores (los socios europeos más el FMI) se mantienen en sus trece, sin aparente margen para el acuerdo.
La Comisión Europea ha calificado de inaceptable la última oferta griega y ha acusado al gobierno heleno de no ceder ni un ápice. Las discrepancias se centran en 2.000 millones de euros anuales en el esfuerzo fiscal adicional que solicitan los acreedores, mientras parece mejor encaminado el enjuague de las diferencias relacionadas con las reformas estructurales. Los negociadores que actúan en nombre de Tsipras insisten en reclamar una reestructuración de la deuda a cambio de hacer concesiones en las metas fiscales y en las reformas. Frente a ello, desde las instituciones europeas se critica que el país con el segundo mayor gasto en defensa de la Unión no sea capaz de salvar el escollo de los 2.000 millones.
Mientras tanto, la sociedad griega sigue sufriendo. La responsabilidad principal es de la clase política local que gobernó durante décadas falseando las cuentas públicas del país, aunque la falta de supervisión por parte de las instituciones europeas no hizo sino ahondar el problema. Al margen de los gestos negociadores de cara a la opinión pública de cada cual, resulta imprescindible el establecimiento de una hoja de ruta sostenible que permita dar una salida definitiva al problema. La actual situación no puede eternizarse sin someter a las partes a una guerra de nervios, también en el plano económico, que no es en absoluto deseable, y menos en el presente contexto. Del resultado de la negociación depende el futuro de Grecia, sí, pero también la credibilidad de la Comisión y la fortaleza y cohesión de la zona euro. Europa se ha ido construyendo gracias a un conjunto de grandes visionarios, y es la cortedad de miras la que ahora puede ponerla en peligro.


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